Ya está disponible el recopilatorio de la tercera temporada de Diario de un treintañero… y gay… y ciego, como siempre gratis, en tres formatos y en descarga directa desde aquí mismo, sin necesidad de que te registres o te suscribas a nada:
Ya está disponible el recopilatorio de la tercera temporada de Diario de un treintañero… y gay… y ciego, como siempre gratis, en tres formatos y en descarga directa desde aquí mismo, sin necesidad de que te registres o te suscribas a nada:
Ya está disponible la versión en inglés de Diario de un joven gay y ciego, la novela precuela de Diario de un treintañero… y gay… y ciego en la que conocerás a Santi cuando tenía solo 18 añitos y asistía a las comunas para ciegos. Como todos los libros, puedes adquirirlo en Amazon o descargate desde aquí mismo y totalmente gratis un aperitivo en el formato que elijas:
Now is available in English Diary of a young guy, gay and blind the gay romantic comedy prequel to Diary of a thirtysomething… and gay… and blind where you will meet Santi when he was only 18 years old and attended to the camp for blind teenagers mentioned at the begining of the story. You can buy it in Amazon or download a free preview from here in the format you prefer:
No es que sea muy de redes sociales, pero poco a poco se me han ido acumulando los perfiles, así que voy a actualizar un poco la lista de dónde podéis seguirme para estar al corriente de las novedades de la web, enteraros de cuándo sale el próximo libro, preguntarme lo que os apetezca, hacerme sugerencias o lo que se os ocurra (de buen rollo, claro):
Facebook: El clásico de los clásicos.
Twitter: Tontás variadas.
Instagram: Foticos mías, de mis gatos y cosas varias.
Amazon Author Central: No sé bien para qué sirve, pero es gratis.
GoodReads: La mayor red social sobre libros del mundo.
Curious Cat: Para que preguntes sobre lo que te apetezca.
Y, por supuesto, también está la posibilidad de mandarme un correo a las direcciones de siempre ([email protected] y [email protected]) o dejar un comentario aquí en la web.
Álex demostró conocerme muy bien y, en lugar de dejarme sufrir planteándome dónde debía besarle o qué significaría nuestro primer saludo tras habernos acostado por primera vez desde nuestra ruptura, se acercó hasta donde me encontraba y me dio un morreo que me puso los pelos de punta. Estaba claro que no se había arrepentido lo más mínimo de lo sucedido la noche anterior.
—Buenos días —dijo una vez sacó su lengua de mi boca—. ¿Qué tal estás?
—Pues antes de tu beso me sentía algo estresado, pero creo que ahora mismo lo que estoy es cachondo —respondí sonriente.
—Eso es que lo he hecho bien —se rio Álex—. Si quieres, cuando Ichi se despierte repetimos lo de anoche.
—¿Perdón? —preguntó una voz a nuestra espalda. Era Sergio. Por un momento el beso de Álex me había hecho olvidar que era muy probable que mis dos compañeros de piso estuvieran por allí—. Por favor, dime que no habéis hecho lo que creo que habéis hecho.
Yo le di otro trago a mi café para no tener que responder, pero Álex sí que le contestó.
—Si lo que piensas es que la noche acabó con los tres en la cama, bueno, es cierto.
—¿Con Ichi? ¿En serio? —continuó Sergio dando rienda suelta a su animadversión hacia el otaku—. Podíais haberos liado vosotros dos solos, no necesitabais al friki ese.
—Ha sido divertido —intervine. No me agradaba que Sergio se metiera tanto con el pobre Ichi.
—¿Que ha estado divertido? —preguntó Sergio desconcertado, como si acaba de decir la cosa más extraña del mundo—. ¿Cómo es que estáis todos tan tranquilos?
—¿Y por qué no íbamos a estarlo?
—Porque eres la reina del drama —respondió Sergio.
—Puede que haya madurado —me defendió Álex.
—No me lo creo.
En ese momento, Ichi salió de la habitación.
—Me tengo que ir a casa —dijo nervioso.
—¿No quieres desayunar? —le pregunté.
—No, es que tengo muchas cosas que hacer —se excusó el otaku.
—Bueno, pero luego hablamos, ¿no?
—Sí, vale —respondió dándome un tímido beso en la mejilla. Si le dio otro a Álex, no lo escuché, pero lo dudo porque, a los pocos segundos, ya había salido por la puerta. Como ya dije, «ahora lo ves y ahora ya no lo ves». Al menos, esperaba que el chico no saliera huyendo del país.
—Menos mal que hay alguien que sigue manteniendo las tradiciones de esta casa —se rio Sergio—. La verdad es que no sé cómo se os ha ocurrido hacer un trío con Ichi. Es la persona más inestable que conozco… después de ti, claro.
—Gracias.
—Pues tampoco tendría que ponerse de ninguna manera, si ha sido él quien ha estado maquinando desde el principio para que esto suceda —apuntó Álex.
—Como sé que no le conoces muy bien, te diré que el niñato otaku además de ser bastante inestable es un poco liante —comentó Sergio.
—A lo mejor también tendrías que añadir que esa opinión está basada en el odio que le tienes a Ichi por salir con tu actual novio —apunté sonriente.
—Ese novio también era exnovio de Santi, ¿verdad? —preguntó Álex—. Madre mía, qué puterío os traéis por aquí.
—Dijo el penúltimo exnovio tras salir de compartir cama con el último exnovio —contraatacó Sergio—. Y sí, no me cae bien Ichi, pero eso no implica que no sea un liante.
—Eres un poco exagerado —dije.
—Tú mismo, pero te recuerdo que cuando salía contigo tenía celos de Álex y apenas unos meses después, tras cortar contigo, os habéis acostado los tres juntos. Si eso no es ser un liante, no sé qué lo será.
La verdad es que no es normal que tardara tanto tiempo en encontrar la más que evidente relación entre la presencia de dos personas en mi cama y el supuesto sueño en el que me liaba con Ichi y Álex. Si era obvio. A mí me debe pasar algo en las camas que hace que se me reblandezca el cerebro momentáneamente, porque no es la primera vez que me pasa. Sin ir más lejos, recuerdo ese incidente con Miguel en el que me costó bastante más de lo normal ser consciente de que las tres manos que me manoseaban no podían pertenecer a la misma persona. Es cierto que en ese momento yo estaba centrando mi atención en partes del chico mucho más interesantes que las manos, aunque no sé si eso llega a justificar mi lentitud mental. En cualquier caso, podría explicar el incidente de las manos de más, pero en el caso del trío no creo que exista escusa que me salve. Como si no hubiera estado claro que eso iba a ocurrir antes o después.
Curiosamente, a la hora de imaginar las consecuencias de lo que acababa de ocurrir no tuve el menor problema y mi mente, como es habitual, corrió rauda y veloz a analizar pormenorizadamente los posibles efectos que el revolcón con mis exnovios podría traerme. Y, para mi sorpresa, no le encontré ninguna pega. Yo que tantos desastres había previsto, de repente lo vi claro (metafóricamente hablando, como es obvio). Aquello, lejos de ser una catástrofe, era fantástico. Y no solo porque tenía desnudos en mi cama a los dos chicos que me atraían en ese momento, sino que además, por arte de birlibirloque (vaya palabra más complicada de escribir), aquella situación conseguía resolver por sí sola la gran mayoría de los problemas que llevaba arrastrando en los últimos tiempos.
¿Que no tenía claro que aquello fuera un trío? De esta forma ya no quedaba la más mínima duda al respecto. ¿Que quería volver a estar con Ichi? Pues arreglado. ¿Que Álex me ponía burro y quería tirármelo? Ídem. ¿Que dudaba entre los dos? Más que solucionado. ¿Que el otaku se ponía celoso de Álex? Seguro que el meterle la lengua (y otras cosas) hasta la campanilla le había hecho cambiar su perspectiva. ¿Que me faltaba sexo, pero estaba cansado de enrollarme con conocidos? Ahí tenía dos exnovios dispuestos a satisfacerme. Mi psicólogo iba a matarme, de eso no tenía duda, pero el todo lo demás se había resuelto de un plumazo (o de un pollazo… bueno, más de uno). Lo único que quedaba pendiente era mi falta de confianza en Álex, pero empezaba a pensar que conceptos como confianza o fidelidad no tendrían mucho sentido en una relación como aquella. Aunque nunca se sabía.
Encantado con mi determinación, me arrastré fuera de la cama sin despertar a mis compañeros de correrías nocturnas y, tras ponerme algo de ropa, salí al salón a desayunar. La seguridad en mí mismo me duró media taza de café, que fue lo que tardó Álex en salir de la habitación. Porque igual que yo había dudado al principio, era muy posible que Ichi y Álex también lo hubieran hecho y se hubieran quedado allí, en la parte mala del razonamiento, pensando que aquello era el peor error que habían cometido en su vida. Y, en ese caso, ¿cómo debería comportarme? Si se arrepentía de lo sucedido, darle un beso en los labios podía ser la mejor forma de hacerle entrar en pánico, pero si le daba dos besos en las mejillas era posible que pensara que el que se arrepentía era yo. Quizás lo mejor era dejar que el otro diera el primer paso… Mientras no me estrechara la mano como si fuera el director de su oficina bancaria, me daba por satisfecho. Bueno, también estaba la posibilidad de que saliera corriendo, pero eso parecía bastante poco propio de Álex. Le pegaba más a Ichi. Y a Sergio, por supuesto. Los Novios Huidizos, se podrían llamar. «Expertos en desapariciones sentimentales. Ahora los ves y ahora ya no los ves». Serían un éxito en cualquier circo.
La semana pasada nos habíamos quedado en que, si te gustó Percy Jackson y el ladrón del rayo y no te importaría leértelo de nuevo, te podría gustar Los héroes del Olimpo 1: El héroe perdido. ¿Y qué tal? ¿Te gustó? ¿Te lo leerías otra vez? No, no lo digo en broma. Porque, señoras y señores, niños y niñas, el señor Rick Riordan ha vuelto a superarse a sí mismo. No le valía que todas sus sagas fueran de niños que descubren que los dioses egipcios/griegos/nórdicos eran reales y ellos descendían de alguna manera de ellos. Y, por lo que parece, hacer que el primer libro que continuaba la historia de Percy Jackson fuera idéntico que el primer libro de la serie original tampoco era suficiente. Así que decidió que el segundo libro de la saga de Los héroes del Olimpo también podía ser una copia del primero. Deberían dar un premio a este hombre por expandir los límites del autoplagio.
Bueno, a lo mejor me excedo un poco al decir que es igual, porque realmente no lo es. Sí, el argumento es prácticamente el mismo, la estructura también y las aventuras no se diferencian mucho más allá de cambiar algunos nombres y situaciones. Pero también es innegable que esta novela le da mil vueltas a la anterior. Es más divertida, sus personajes son mucho más interesantes y profundos (en serio, son profundos), los secundarios cómicos no son odiosos, tiene el toque de novedad que le falta a la otra y hasta está mucho mejor escrito. Que eso no quiere decir que Riordan haya dejado de ser Riordan. Ni mucho menos. Este libro sigue lleno de trampitas narrativas como forzar conflictos sin sentido («espero que no me lleves a una trampa… chico que anoche arriesgó su propia vida para salvarme»), hacer que sus personajes se guarden secretos los unos a los otros, rellenar las hojas con escenas absurdas que no vienen a cuento («solo queda una hora para que maten a tu madre… paremos a comprar un helado») o abusar de las casualidades para evitar resolver problemas de la narración (ya es suerte que cada vez que entran en una ciudad de millones de habitantes, siempre den con la persona que buscan a la vuelta de la esquina). Pero incluso esas cosas se notan menos que en la anterior (y los secretos son un poco menos absurdos, lo que es muy de agradecer).
Y, de todas formas, tampoco hay que pedirle peras al olmo. Estás leyendo una novela en la que el narrador, para dar una referencia de tamaño de las cosas, las compara con los pasillos, los edificios y los campos de deportes de institutos. Eso debería darte una pista del público al que va dirigido. Un público al que el hecho de que A crea que B le va a odiar por no ser el guerrero más chachi del reino le parece la historia más romántica y bonita del mundo (qué maravilloso es dejar la adolescencia atrás). Así que menos quejas.
Lo que sí que es imperdonable, más allá del parecido con el libro anterior, es que la misión principal de la historia sea bastante intrascendente. Bueno, eso y varias meteduras de pata del autor como la amnesia que va y viene (y no me refiero solo al caso del prota) y reglas muy, muy, muy, muy importantes que acaba pasándose por el arco del triunfo o resolviendo de la forma más chorra posible (solo diré que hace que se tropiece).
De todas formas, como digo, a pesar de sus muchos fallos, este volumen le da mil vueltas al anterior y aunque parezca un poco timo que el señor Riordan te cobre dos veces por lo mismo (o tres), las novedades que nos muestra y los personajes (algunos más que otros) que la protagonizan hacen que merezca la pena leerlo. Quizás lo que habría que hacer es no leer el anterior. Seguro que así este parece un poco más original. Aunque vuelva a estar protagonizado por dos chicos y una chica. Qué obsesión tiene el hombre este. A ver si saca alguno en el que salgan dos chicas o tres chicos, que lo de llevar al prota, a su amigo y a la chica que es el interés romántico de alguno ya huele un poco a rancio.
Y si te ha picado la curiosidad por ver hasta qué punto se parece al anterior o te fías de mí cuando digo que es infinitamente mejor, puedes encontrarlo en Amazon, en la y la Casa del Libro o en Iberlibro en una de sus ediciones en inglés de segunda mano desde 0,88€.
Sé que no es ninguna novedad, pero no tengo tiempo ni dinero para seguir el calendario editorial. Yo voy a mi ritmo y, por alguna razón, esta semana este ritmo me ha llevado a Los héroes del Olimpo, la segunda saga del universo de Percy Jackson.
Como puntos negativos hay que señalar que la nueva entrega sigue arrastrando todos los problemas de la primera parte: una descripción bastante pobre (sobre todo de las luchas) que a veces hace difícil saber lo que sucede y el abuso de las típicas trampas narrativas que pueblan las novelas juveniles como el que los personajes se guarden información sin motivo lógico («no voy a decirle a ese chico que cabalga en un pegaso que hablo con los árboles, no vaya a pensar que estoy loco»), resolver las escenas complicadas con una elipsis (caímos por un precipicio y… desperté en la cama) o magnificar cosas que luego no llevan a ninguna parte (¿alguien sabe qué pasó con eso de que Voldemort volaba?). Pero, sin duda, lo peor es esa falta de originalidad marca de la casa que hace que todos sus libros parezcan primos de Harry Potter y tengan exactamente el mismo argumento: uno o varios chicos descubren que los mitos egipcios (en La pirámide roja), griegos (Percy Jackson) o nórdicos (Magnus Chase) son reales y ellos son descendientes de esos dioses. En esta ocasión, Riordan riza el rizo y consigue bajar un escaloncito más en la falta de originalidad con este libro que se parece más de lo recomendable a Percy Jackson y el ladrón del rayo, el primer libro de la saga original.
Que los protagonistas vuelvan a ser un chico «especial», su amigo bromista y la chica con la que mantiene algo amoroso, no ayuda a reafirmar su originalidad, aunque hay que admitir que los personajes de esta no recuerdan tanto a Harry, Hermione y Ron como Percy, Annabeth y Grover.
Pero seamos serios, ¿a qué hemos venido? ¿A buscar originalidad y coherencia narrativa? Venga, hombre. Nadie cogería la continuación de Percy Jackson buscando eso, sino aventuras, cliffhangers continuos, referencias mitológicas a raudales e infinidad de sorprendentes giros de guion y eso al señor Rick Riordan se le da bastante bien. Además, la estructura de la narración, con capítulos centrados en cada uno de los protagonistas, consigue que aumente el interés por Piper y Leo, al tener estos una voz propia que Annabeth y Grover (o Hermione y Ron) nunca tuvieron y que los deja al mismo nivel que Jason, el misterioso protagonista de la saga, aunque también favorece que cada personaje tenga sus propios secretillos que no quiere compartir y a veces sientes que ha escrito así el libro para que sea el triple de gordo que los de Percy Jackson y los dioses del Olimpo.
En conclusión, aunque la saga sigue arrastrando los típicos problemas de Riordan, también cuenta con sus virtudes. Regresar al Campamento Mestizo es un placer y uno no se aburre ni un segundo, consiguiendo que este sea uno de esos libros que se leen sin que te des cuenta. Desde luego, si te gustó la saga de Percy Jackson y los dioses del Olimpo y no te importaría volver a leerlo, este te va a encantar.
Podéis encontrarlo en Amazon y la Casa del Libro o, si sois como yo y os gustan las ediciones raras en inglés de segunda mano, también está disponible en Iberlibro desde 0’89€ (más gastos de envío, claro).
Hacía tiempo me di cuenta de que la forma de recopilar las entradas de Diario de un treintañero… y gay… y ciego era algo confusa. Eso de que la Primera temporada estuviera en los recopilatorios 1 y 2, la Segunda Temporada en el 3 y 4… era un follón. Así que a partir de ahora, los recopilatorios irán por temporadas. La primera tendrá uno, la segunda otro y la tercera, en breve, tendrá otro más. Cuanto más fácil sea todo, mucho mejor.
Y ya que estaba liado con eso, he aprovechado a actualizar un poco las portadas, que falta le hacían. Siguen conservando los diseños cutres originales, por supuesto, pero ya no tienen píxeles del tamaño de un elefante. Ventajas de dejar atrás el Paint. Espero que os gusten. Si queréis, podéis descargarlos desde aquí mismo:

Descubrir que me había acostado con mis dos últimos exnovios me sacudió el cuerpo de arriba abajo con la fuerza de una maza de combate enana e hizo que se me revolviera estómago, claro que seguramente para eso contó con la inestimable ayuda de aquel chupito que sabía a aceite de motor.
«No, no, no, no, no, no, no, no, no», pensé asustado en cuanto fui capaz de reaccionar. «Esto no puede estar pasando», me dije mientras me sentía tentado a volver a contar las cabezas. «Basta ya de contar cabezas», me regañé mentalmente. A Daniel le iba a encantar aquella historia cuando se la contara. Y no lo digo porque estuviera echándome la bronca a mí mismo. No es algo tan raro como puede llegar a parecer. Pero hacer un trío con tus dos últimos exnovios… Eso no ocurre todos los días y, desde luego, no parece lo más recomendable para una persona con tendencia a la depresión como yo. ¿Que me decía siempre? ¿Que necesitaba estabilidad y una relación normal? Pues toma estabilidad y normalidad. Me acababa de acostar con el tío que me dejó por un amigo de su hermana y el tío que me dejó porque tenía celos del anterior. Y con los dos a la vez. Mi psicólogo iba a gritarme tanto que se iba a quedar afónico durante un mes.
«A partir de ahora, ni en sueños vuelvo a tomar un chupito», repetí. «Chupito malo», pensé obviando que el alcohol no había tenido nada que ver con lo ocurrido en aquella cama. Puede que hubiera enmascarado un poco mis recuerdos y me hubiese hecho creer que lo había soñado, pero la decisión de liarme con Ichi y Álex la tomé mucho antes de habérmelo bebido. En esa ocasión no valía echarle la culpa al alcohol. Aquella tontería la había hecho yo solito (bueno, solito no, que éramos tres en la cama) de forma plenamente consciente y sobrio. Como mucho podía echarle la culpa a mis hormonas desbocadas o a mi lascivia, más propia de un adolescente cubierto de acné que de alguien de mi edad (bueno, eso dicen), pero desde luego eso no me quitaba mi responsabilidad.
«No, no, no, no, no, no, no, no, no», repetí. Me estaba agobiando de nuevo. Solo de pensar en lo que aquello implicaba, me ponía malo. Era el error más grande de mi vida. Bueno, la vez que me acosté con Marc mientras él salía con Ichi tampoco es que fuera una gran decisión. O liarme con Tony, el exnovio de Luna. O suplicar a Tersius25 (el imbécil ese con el que quedé en internet) que volviera a quedar conmigo. O… a quién quiero engañar, en lo que se refiere a relaciones siempre meto la pata. Tenía tantos errores a mis espaldas que, como ya he dicho, Álex e Ichi no eran ni de lejos la opción más calamitosa. Aunque, por supuesto, seguía siendo horrible, espantosa, aterradora, nefasta y espeluznante. ¡Me había acostado con mis dos últimos exnovios! Ichi, el chico de los celos cansinos que había comenzado todo ese lío del trío, y Álex, que era tan cariñoso con la gente que acogía en su casa que llegaba a dejar a su novio por ellos. Claro que también eran Ichi, el chico con el que quería volver a salir, y Álex, quien se había portado tan bien conmigo últimamente que me planteaba si me equivoqué al no darle una segunda oportunidad. Las dos personas que en los últimos tiempos conseguían ponerme cachondo. Y los tenía ahí. En mi cama. Juntos. Desnudos.
«Pero si esto es fantástico».
«Llega a suceder de verdad y me muero», pensé acordándome del sueño que acababa de tener. Un sueño muy interesante y divertido que, afortunadamente, no había sido más que una fantasía nocturna que me serviría para ambientar varios momentos de autosatisfacción. El primero de ellos planeaba tenerlo en esos mismos instantes. Nunca llegó a suceder porque, de repente, descubrí que no me encontraba a solas en la cama. Me quedé helado.
«¿Qué…?», pensé nervioso. No entendía nada. Solo había sido un sueño. Un simple sueño. No había pasado de verdad. Y, sin embargo, era innegable que había más gente en mi cama. «¿Pasó?», me pregunté al tiempo que empezaba a contar las cabezas que había sobre las almohadas. «Una… dos… y tres», repasé contándome a mí mismo, como si hasta pusiera en duda mi propia presencia o fuera yo quien sobrara. «Una… dos… y tres», repetí a pesar de que (evidentemente) era imposible que me hubiera confundido. Estaba tumbado en la cama entre dos personas que parecían ser hombres. No había equivocación o duda posible. «Una… dos… y tres», insistí contra toda lógica. Y lo hubiera hecho una vez más si un gruñido de uno de mis acompañantes no me hubiese helado la sangre por completo.
«Para de hacer el tonto antes de que les despiertes», me recomendé a mí mismo. La posibilidad de que uno de mis acompañantes dejara de estar dormido me aceleró el corazón y no de la forma en la que se supone que debería hacerlo el hecho de tener a dos hombres desnudos en tu cama. Pero, para entonces, toda mi excitación inicial se había esfumado y lo único que sentía era una gran intranquilidad. No podía enfrentarme a que mis invitados se despertaran, no sin haberme tomado antes un par de cafés bien cargados. Y eso si quienes estaban en mi cama eran dos desconocidos, porque de poco iba a servirme la cafeína si los que dormían a mi lado eran los protagonistas de mi sueño. O Sergio y Marc. O Miguel y Gelo. O Miguel y Víctor. O Israel y Nacho. O el entrenador que creía que se llamaba Alfonso y el gigante con todo en proporción. O quien fuera y una mujer. O dos mujeres… Al final, la posibilidad de que se tratara de Álex e Ichi no me parecía tan calamitosa. Seguía siendo horrible, espantosa, aterradora, nefasta y espeluznante, pero mucho mejor que alguna de sus alternativas. Esa fue otra de esas veces que me hubiera encantado ver para poder salir de dudas. A mí eso de que se puede reconocer a alguien por la forma de su cara, nunca me ha funcionado (salvo que tengas una señora nariz que resulte inconfundible, claro) y a esas horas de la mañana dudaba que los olores que captara fueran a decirme mucho más aparte de que necesitábamos una ducha con urgencia.
—Vaya racha llevo —murmuré—. Anoche quería ver para saber con quién me había besado y hoy, para saber con quién me he acostado. Estoy desa… —Las palabras murieron en mi boca al tiempo que me daba cuenta de lo que significaba la frase anterior y mi mente se llenaba de recuerdos. Recuerdos muy reales. Recuerdos de ese beso que creía parte de un sueño. Recuerdos de Ichi, de Álex, del ambiente agobiante de la discoteca en la que estábamos y de la opresiva presión en la bragueta de mi pantalón. Recuerdos también de aquel chupito que acepté tomarme por no perder tiempo discutiendo, el seguro culpable de toda mi confusión. «A partir de ahora, ni en sueños vuelvo a tomar un chupito. Y, esta vez, de verdad», me prometí a mí mismo.
Aunque, más allá de haber faltado a mi palabra (aunque fuera por una causa justificada), lo peor que se desprendía de aquel descubrimiento era que, efectivamente, los que estaban tirados en mi cama no podían ser otros que Álex e Ichi.
«Daniel me mata», pensé.
Trece mil. En serio. Ya os habéis descargado trece mil archivos gratuitos. De hecho, son bastantes más, porque acabamos de sobrepasar los trece mil cien. Quién se lo iba a imaginar cuando saqué el primer recopilatorio que la idea iba a tener tantísimo éxito. Pues nada, a seguir, a ver si llegamos pronto a veinte mil.
Os recuerdo que tenéis todos los descargables, desde los aperitivos de las novelas a los recopilatorios de entradas, en la página de Descargas gratuitas en formato pdf, epub y mobi.
Desperté extrañamente feliz. Había tenido un sueño tan agradable como absurdo. En él, salía una noche con Ichi a una discoteca. Yo estaba muy cachondo (menuda novedad) y me moría de ganas de enrollarme con el otaku, pero no había manera. El caso es que, de repente, aparecía Álex y, después de alguno de ellos me besara por sorpresa, me acababa enrollando con los dos. Pero no uno detrás de otro, sino a la vez. Yo con ambos y el uno con el otro… ¡Cómo si no me dieran ya suficientes problemas por separado, para aguantarles a los dos a la vez! Eso por no hablar de la escenita de celos que me hubiera montado Ichi de haber sucedido de verdad semejante situación. Si ya se volvía loco cuando apenas me hablaba con Álex, no quiero ni imaginar lo que podría ocurrir si me metiera la lengua hasta la campanilla delante de sus mismas narices. Seguro que habría empezado a soltar espuma por la boca o, lo mismo, hubiera caído fulminado de un ataque al corazón. Quién sabe. Pero bien, seguro que no se lo tomaba. En mi sueño, en cambio, no solo no parecía tener problema alguno en que Álex me comiera la boca y participaba encantado en el juego. Eso sí que era una historia de ciencia ficción y no las películas de Star Wars.
Pero la cosa no quedaba ahí, porque a mitad de la noche, cuando ya habíamos probado todas las combinaciones posibles y descubierto que un beso a tres es menos factible de lo que a uno podría imaginar, decidimos irnos a un lugar más cómodo. Bueno, en realidad fui yo quien lo sugirió, ansioso por dar uso a la interminable erección que llevaba arrastrando (no de forma física, claro) la noche entera antes de que pudiera comprobar si los cuerpos cavernosos explotan por exceso de presión.
Mis compañeros no pusieron ninguna objeción a mi propuesta (otra prueba de lo irreales que pueden llegar a ser los sueños) y los tres juntos salimos a la calle… No, miento. Íbamos camino de la puerta, pero justo antes de salir alguien sugirió que nos tomáramos un chupito para rebajar la tensión. Después de la cantidad de noches olvidadas y mañanas de resaca que me habían proporcionado esos pequeños vasos del infierno, yo me había prometido que ni en sueños iba a volver a beberme un chupito, pero está claro que mi subconsciente no pensaba igual, porque en este sueño me había tomado aquel mejunje que sabía a aceite de motor sin pensármelo dos veces y de un trago. Supongo que pensé que tardaríamos más en marcharnos si me ponía a discutir que si me lo bebía. Aunque, no sirvió de mucho porque, según pisamos la calle, mis acompañantes se enfrascaron en una larguísima discusión sobre qué casa sería la más apropiada para dar rienda suelta a nuestra lujuria: la mía, que estaba atestada de gente y lejos; la de Álex, donde estaba su compañero de piso; o la de Ichi, que era la que quedaba más cerca y vacía. No sé por qué razonamiento acabaron decidiendo que vendríamos a mi casa, pero a mí a esas horas ya me daba todo igual. Yo solo quería que mis gónadas recibiesen el alivio que merecía. Y puedo decir que, una vez llegamos, lo conseguí de forma bastante satisfactoria. La verdad es que fue un sueño muy chulo, especialmente esa parte final con mi cama llena de hombres desnudos y penes por todas partes (bueno, solo eran dos, pero no estoy acostumbrado a lidiar con más de uno al mismo tiempo). Aunque lo mejor del asunto es que solo hubiera sido un sueño.
«Llega a suceder de verdad y me muero», pensé. Y entonces me quedé de piedra al darme cuenta de que no estaba solo en la cama.
Me ha costado, pero por fin está a la venta Tony Strips, un espía con muchas licencias, una historia de humor, espionaje, algo de sexo, un poco de romance y mucha intriga. De momento está disponible exclusivamente en Amazon en formato kindle, papel y como parte del catálogo de Kindle Unlimited.
Si quieres, puedes descargar un capítulo del libro, en el formato que prefieras y gratuitamente, desde aquí mismo:
Un trío es, para muchos tíos, la fantasía suprema, el deseo irrealizable. Y eso que, en principio, debería ser algo relativamente sencillo de conseguir, porque solo se precisan otras dos personas que quieran sexo. Eso es todo. No es como el sado y demás fetichismos, que tienen un público limitado e implican un montón de parafernalia. Y ni siquiera se refiere a nadie concreto, por lo que te ahorras esperar la improbable aparición de vecinos voyeristas, autoestopistas salidos, médicos que se propasan oscultándote, botones que quieren la propina en especies y, básicamente, cualquier otro personaje que salga en una película porno con diálogos que vayan más allá del «Ah, ah. Sí, sí. Toma, toma». Únicamente requiere otros dos seres humanos que quieran tener sexo contigo y entre ellos. Mejor aún, en mi caso requiere a ¡dos hombres gais que quieran tener sexo! Eso debería ser facilísimo. Pues no había manera. Mucho decir que Chueca es Sodoma y Gomorra y que los gais somos todos unos promiscuos incorregibles que nos pasamos el día de flor en flor, pero a mis treinta y pico años no había estado en un mísero trío. Y no por falta de ganas, se lo aseguro. Aquella era una de mis fantasías preferidas, lo que fantaseaba cuando me autocomplacía y el argumento de muchos de mis sueños metafórica y literalmente más húmedos. Admito que gran parte de la culpa era mía porque siempre estoy pendiente de romances imposibles, prefiero tomar una cerveza en un bar tranquilo a salir por el ambiente, soy incapaz de entrar a tíos desconocidos y paso de las aplicaciones de ligue. Que ninguna de mis relaciones hubiera durado lo suficiente para que llegáramos a plantearnos el tema, seguro que también había influido. Y, por supuesto, mi firme determinación de no malgastar semejante fantasía con experimentos como el de Miguel y Víctor, Nacho e Israel o el entrenador del gimnasio que creía que se llamaba Alfonso y el gigante con todo en proporción que gritaba «¡iiiie!» al hacer pesas. Una cosa era querer hacer un trío y, otra muy distinta, liarte con cualquiera o dejar que tu novio traiga a su exnovio que es el novio de tu exnovio. No todo vale. Y cuando hiciera un trío, quería que fuera uno en condiciones. Y ese, sin duda lo era.
Decir que me moría de ganas porque nos fuéramos a un sitio más privado sería un eufemismo, porque el sentimiento que se había apoderado de mi cuerpo parecía mucho, mucho, mucho más acuciante. No creo que existiera una palabra adecuada para describirlo. No era querer, no era anhelar y ni siquiera era necesitar. Se trataba de otra cosa, un ansia inclasificable que me oprimía las vísceras, que conseguía que mi piel ardiera, que temblara de arriba abajo de pura excitación y que me sintiera desvanecer por solo imaginar lo que sería tener a esos dos chicos en mi cama. Por imaginar sus cuerpos desnudos, sudorosos y al rojo vivo enredados con el mío, mezclados los tres, fusionados en un barullo de labios, de lenguas, de culos, de espaldas, de bocas y de pollas, todos sin dueño, todos de todos, en todas partes, rodeándome, cubriéndome, encima, debajo, a un lado, dentro de mí, liados en un permanente torbellino de sexo y fluidos corporales.
Decir que me daba pavor que no llegara a ocurrir, que se quedara en ese ejercicio de «calientapollismo» discotequero, era otro eufemismo. Y afirmar que mi pene necesitaba escapar de esos pantalones con urgencia, también, porque si no me los quitaba en breve la combinación de tiempo, excitación mantenida y pantalones ajustados iba a empezar a causarme un dolor bastante intenso.
—Vámonos —dije. No era una sugerencia. Los otros aceptaron, ansiosos como yo por averiguar a dónde nos llevaba aquello. Seguramente, se habrían dado cuenta de que, cada segundo que pasaba incrementaba las posibilidades de que uno de nosotros se librara del embrujo sexual que nos hechizaba y se echara atrás. Si queríamos hacer eso era ya o nunca.
La calidad de mi pantalón había quedado más que comprobada tras las continuas pruebas de resistencia a la presión desde el interior a las que lo llevaba sometiendo durante el día. Había sido un estudio concienzudo en el que se examinaron todas las posibles variables que pueden afectar a la bragueta de un varón sano en la flor de la vida con serias necesidades sexuales: la erección perpetua del que se pasa la tarde imaginando lo que puede ocurrir durante la noche y que te hace preguntarte si tendrás un caso agudo de priapismo; la erección súbita, casi violenta, que sucede al recibir el beso furtivo de un desconocido en mitad de una discoteca; la erección basculante, siempre cambiante en firmeza, del que espera que cada contacto accidental sea el preludio de un beso que nunca llega; o la erección intensa y plena del que, por fin, después de llevar horas esperándolo, recibe un morreo en condiciones que hace que le tiemblen las piernas.
Sin embargo, a pesar de esta enorme cantidad de ensayos con resultados positivos, debo admitir que temí que los botones de la bragueta (y alguno de los cuerpos cavernosos de mi pene también) explotaran al notar que una nueva mano y unos nuevos labios se unieron a la mano y los labios que, desde hacía unos segundos, ya agarraban mi culo y besaban mi boca, respectivamente. Bueno, digo que «temí» como si en esos instantes fuera capaz de pensar en algo más que en la sacudida de placer que recorrió mi cuerpo de arriba abajo, de la lengua del recién llegado a la punta de mi glande, y que tensó cada uno de mis músculos inundó mi mente de una electrificante sensación de felicidad e hizo que mi corazón, como dicen los ingleses, se saltara un latido. Aunque quizás, en lugar de que se lo saltó, fuera más acertado decir que el segundo que separaba un latido del siguiente se alargó en exceso, pues sentí que el tiempo se detenía a mi alrededor mientras la realidad, por su parte, parecía empezar a disolverse. La cantidad de estímulos, que ya era excesiva antes de que nadie me tocase, se había vuelto inasumible y mi cerebro, borracho de lujuria, decidió cerrar cualquier sistema que no tuviera relación con mi boca o mi polla. No puedo, por tanto, la actuación de su mano en mi trasero. Si lo agarró bien o mal, fuerte o flojo o si se puso a tamborilearme una canción en el glúteo, no tengo la menor idea. De lo que hicieron sus labios, en cambio, me enteré bastante mejor. Empezaron tímidamente, con una dubitativa aproximación por el flanco, como si no supiera bien el modo de encajar en ese puzle imposible o tuviera miedo de inmiscuirse en algo tan íntimo. Debo admitir que yo mismo tampoco tenía demasiado clara la forma de realizar el acoplamiento o el protocolo a seguir. Sin embargo, nuestra confusión inicial apenas duró cinco segundos (lo que tardamos en darnos cuenta de que no te puedes morrear con otras dos personas a la vez) tras los cuales nos apañamos los tres tan bien que parecía que aquello fuera la cosa más natural del mundo y lleváramos practicándolo la vida entera.
Con la lujuria anegando mi cuerpo, mis sentidos apagados a nada que no estuviera relacionado con el asunto que tenía entre manos (y entre labios) y mi cerebro ocupado en decidir cuál sería el mejor sitio para quitarme de una vez aquellos pantalones tan resistentes, no me di cuenta de tres cosas: la primera (que por otra parte me hubiera importado una mierda incluso lúcido) era que debíamos ser el espectáculo de la noche para los videntes (de los que ven, no de los que adivinan) que nos rodeaban; la segunda, que una vez ambos se habían puesto a comerme la boca ya daba igual quién fue mi misterioso besador y quién el encubridor; y, la tercera, esta mucho más impactante que las demás, que Ichi y Álex se estaban enrollando entre ellos, además de conmigo. Y la noche no había hecho más que empezar.
